Así, los bienes o servicios ofrecidos, por ejemplo, de un país desarrollado, tienen que ser tan buenos como el mejor que se consigue en un país desarrollado. Esto se traduce en un esfuerzo doble, ya que las diferencias socio-culturales y económicas nos dejan en franca desventaja y desigualdad.
Se dice entonces, que las organizaciones que son capaces de superarse y competir con éxito y ganar reconocimiento en el entorno global son de “clase mundial”.
De acuerdo a esto, las características de las organizaciones mexicanas en el contexto antes descrito sería:
Las pequeñas y medianas empresas, en donde prevalece un estilo administrativo empírico y familiar, del mismo modo, sus técnicas administrativas son empíricas y no estructuradas, las actitudes y la cultura es tradicional e informal (en este caso, los valores son muy arraigados, no existe una delimitación de funciones, y en la mayoría de los casos no hay un organigrama).
Instituciones y dependencias gubernamentales. En estas organizaciones (principalmente las dependencias del Estado), es en donde se puede observar que prevalecen modelos y paradigmas administrativos burocráticos y viciosos, que a su vez generan actitudes conformistas y pesimistas entre sus miembros, que se reflejan directamente en el trabajo, en donde las prácticas corruptas son una constante, y por ende, calidad y la productividad son términos casi olvidados.
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